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Carlos es creador del programa Low Vision

Carlos Yeguez: Creer para Ver.

#HistoriasQueInspiran

 

Si buscas en la Wikipedia encontrarás la siguiente definición: «La fe (del latín fides) es la seguridad o confianza en una persona, cosa, deidad, opinión, doctrinas o enseñanzas de una religión. 1 También puede definirse como la creencia que no está sustentada en pruebas, además de la seguridad, producto en algún grado de una promesa». De tal manera que sería como –dicen los Rukwangali, de Namibia– hanyauku. Caminar de puntas sobre la arena caliente. Ahí vas en el optimismo de no quemarte tanto, de puntas y hacia adelante; quemándote. O como cuando llueve y corremos. Hay ciertas cosas, es lo que creo, que nos son inevitables, aunque nos esforcemos en evitarlas o dilatar su encuentro. Como la Fe. O nuestro lugar en la vida.

Es la noche del viernes primero de julio de 1994. El mundo se tomaba un descanso y se preparaban las quinielas del mundial de fútbol de Estados Unidos: al día siguiente arrancaban los octavos de final. Carlos tenía 25 años e iba en su Toyota macho rumbo a Chichiriviche a buscar a su esposa, que había dejado una semana antes allá junto a unos familiares y amigos. Eran pasadas las 7 de la noche, pasa el peaje de Tazón, en Hoyo de la Puerta, Miranda; y comienza a bajar, curva tras curva hasta que, al salir de una se encuentra con una gandola accidentada en medio de la vía. Carlos no lo sabe, pero ahí está el encuentro que cambiará su vida para siempre. Sin tiempo siquiera para frenar, se estrella contra la parte de atrás de la gandola. Carlos, quien es un hombre de 1.90, y de más de 100 kg de peso está más cercano a la fuerza de un caballo que a la de un mirandino de por esos lados. Ellos trataban de ayudarlo pero él, entrenado en el karate de alta competencia se los quita de encima «como barajitas». Carlos luchaba por su vida. Al menos eso creía él en ese momento.

La realidad: «Múltiples fracturas en la cara, desde los ojos al mentón (las órbitas de los ojos, la nariz, pómulos, el maxilar superior como una galleta y el inferior roto en cuatro partes)». Fue llevado a la Clínica Santa Sofía, en Caracas, donde trabajan sus padres. Allí, frente a su padre es que Carlos pierde el conocimiento. Había, además, perdido el tercio anterior de la lengua, por lo que no pudo contar mayor cosa de lo sucedido. Allí comenzaría su real lucha.

A los 25 años, siendo TSU en mecánica, y Gerente General de un taller grande, de prestigio; miembro de la selección del estado Miranda de Karate, y varias veces selección nacional, siendo primer Kiû (justo el anterior a cinta negra); además de un ciclista entusiasta, Carlos tenía, pues, todas las cosas en el camino justo que él quería. Pero como decía antes, hay encuentros a los que uno acude con la candidez propia de la inocencia, y de pronto la llovizna resulta un aguacero.

En una 1ra operación, ese mismo día, le fijan el maxilar superior, el inferior, le suturan. Le hacen una traqueotomía. Está en terapia intensiva por 15 días, pero insiste que lo saquen, por eso lo pasaron a una habitación con los cuidados intensivos y una enfermera 24hrs por 15 días más. Para entonces tenía muy poca visión. Los pronósticos eran reservados. Su familia creía que moría. Su padre, cuenta «se me acercó con una foto de mi tío, que yo no conocí porque murió antes que yo naciera, y él quería dármela y yo se la devolvía, no la quería». Desesperado porque no podía hablar –tenía la traqueotomía y la lengua demasiado corta–, como pudo pidió algo para escribir. «Me trajeron una carpeta de madera, de esas con un gancho, como la de los médicos; ahí les puse: NO ME QUIERO MORIR HOY» ahí, sigue «cambiaron las cosas».

En una 2da operación, mediante una craneotomía (le abren el cráneo) para tratar de descomprimir el nervio óptico del ojo izquierdo. Sale de pabellón totalmente ciego.

En este punto yo recuerdo las palabras iniciales sobre la fe: También puede definirse como la creencia que no está sustentada en pruebas. Ciertamente había muy pocas pruebas de que aquello fuera a terminar bien para Carlos, sin embargo él siguió adelante, con fe. En él mismo, en su capacidad para vencer.

«Recuerdo que había una bicicleta estática muy pequeña para mi tamaño, muy muy pequeña, y muy vieja. En ella comencé a rodar, me paraba a las 5 de la mañana, prendía la TV para oírla, programas de opinión, que era lo que pasaban a esa hora; y al principio no alcanzaba los 5 minutos. No aguantaba. Pero todos los días lo hacía, cuando me di cuenta estaba pedaleando más de una hora. –luego, sigue– Tengo un tío que era muy gordo y se había comprado una caminadora que me trajo y me la dejó en la casa. Entonces caminaba, y la bicicleta. Caminaba, y la bicicleta».

Así comenzó un largo camino, que incluye muchos golpes. Claro, aprender a caminar, a moverse sin visión, prácticamente –sólo tiene un 10% de visión tubular–. 15 operaciones desde su accidente. 5 de ellas por golpes y caídas sufridas por no tener una visión completa.

«Llegué a mi Dojo uniformado, mi sensei me vio y me abrazó. Me dijo ¿Qué vamos a hacer? Yo no sé, pero aquí estoy, le dije. Bueno yo tampoco se –me respondió– pero vamos a hacerlo. Comenzamos a entrenar y fue una experiencia muy bonita para todos. Yo me adapté muy rápido y entrenaba casi al mismo ritmo que ellos. Cuando normalmente vas a entrenar dos veces por semana, la gente me veía entrenar y se motivaron e iban todos los días».

Eso hace Carlos, seguir adelante como si fuera lo más normal del mundo, pero resulta que no para todos es así. No ante escenarios tan adversos. Prueba de ellos es el episodio donde cuenta «Mi rehabilitadora de baja visión cogió unos lentes de nadador, y con un marcador los pintó de manera que simulaba lo que sería mi visión. Le puso los lentes a cada uno de mis familiares y amigos, y a la gente del Dojo, para que ellos vieran cómo era que yo andaba, y les puso el bastón en las manos y todo. Ahí todos se dieron cuenta del trabajo que yo pasaba y bueno, eso hizo un cambio grande». El cambio, claro, fue en los demás. Él siguió haciendo lo suyo: luchar. Pero no como una lucha, donde hay un oponente al que hay que doblegar, ya que su lucha era con él mismo, fundamentalmente, con romper sus propios paradigmas.

«Uno está programado para ver –afirma–  Como dice el dicho, “ver para creer”. Nos hacen creer que la visión es tu sentido más importante. Por ejemplo, yo paso el boulevard del Cafetal, que son seis canales, y el instrumento que utilizo sobre todo es el auditivo, para escuchar el tráfico. Sin embargo siempre volteo hacia donde están los carros, aunque no me sirve de nada».

Y se ríe. Claro, él se toma muchas de las cosas con humor, aunque no puedo asegurar que él sea un hombre de risa fácil. Casi siempre uno lo ve más bien muy serio. Pero vaya que tiene sentido del humor. Me cuenta «Una vez en el metro una señora decía “cuidao con el cieguito, cuidao con el cieguito”. Señora, cieguito no: ciegote, será. Si peso más de cien kilos y mido 1.90, cieguito es un niño» y suelta la risa. Es verdad, él no es un cieguito.

Carlos asegura que encontró fuerza en darse cuenta que «lo que para otros puede ser tu mayor debilidad, que para ti sea tu mayor fortaleza». Y de allí ha partido su superación.

En 1998 fue el masajista de la selección nacional de Venezuela de karate-do para los juegos centroamericanos y del caribe, en Maracaibo. Lleva 13 años como masajista en el Hebraica. Es instructor de spinning nivel star 3 –la máxima categoría antes del nivel máster– y desde hace 5 años creó, con el apoyo de varios colegas y amigos que se han sumado a su causa, el programa Low Vision, que permite a personas con capacidad visual reducida puedan ejercer la práctica del spinning. Y más recientemente, crear el low visión experience, una derivación que permite a personas con capacidades completas de visión, sentir lo que una persona con capacidad limitada experimenta al hacer una clase de spinning con su programa.

Estos programas le han llevado dos veces a la convención mundial de spinning en Miami, y a eventos en varias ciudades de México, donde en una oportunidad en un master ride –que es la clase que dan los másters– fue invitado y, cuenta, «les hice 10 min de low visión experience a 130 personas que nos permitió hacer una extensión del programa en Ciudad Juárez y en Oklahoma, donde una chica, hizo una adaptación de nuestro programa para niños».

Carlos no ha parado de crecer. Su cuerpo “se quedó” en 1.90, pero su corazón, su alma ha seguido creciendo exponencialmente con cada nuevo reto que le plantea su propio ser, inquieto como es.

«A los 36 años, –cuenta con seriedad– el día de mi cumpleaños nació mi hijo, Daniel, quien vive conmigo fijo desde hace más de 6 años. Cuando él era un bebé yo lo tenía los fines de semana; lo buscaba los viernes y salía a caminar, a pasearlo. A mí me gustaba además, porque no usaba el bastón: claro, el coche era mi bastón. Y bueno, luego buscar las mejores formas de hacer las cosas, porque yo lo atendía sólo cuando estaba conmigo y para darle el tetero, por ejemplo primero tenía que buscar con mi índice dónde estaba la boca. O luego más grandecito, le hacía sopa, y para dársela hacía un desastre siempre; así que opté por poner la silla en el patio, en traje de baño, sacaba un tobo de agua de la piscina y cuando terminaba de comer, le daba la bañada ahí mismo, y listo» y vuelve a soltar la risotada.

Yo escucho su historia, su lucha, y lo veo tan desenvuelto, tan seguro y con tantos logros y reconocimiento internacional, 23 años después de su accidente, y me pregunto, le pregunto, si considera que su recuperación ha sido exitosa, a lo que me contesta «Creo que el proceso de rehabilitación no se ha acabado. Siempre van a haber oportunidades de mejorar. Cada vez tienes más experiencia, cada vez piensas un poco menos en cómo se veían las cosas, pero siempre intentas ver». Es como correr hacia adelante en la lluvia, aún a sabiendas que adelante también llueve, me parece. Una obcecación por seguir adelante, siempre adelante.

«Yo recuerdo que en aquella época sentía que veía más de lo que en realidad podía ver», cuenta. Aunque a mí me parece, oyéndole, que Carlos en verdad logra ver mucho más de lo que la ciencia puede explicar. Y claro, no me refiero a la visión del mundo material. Porque, pienso por ejemplo en ese cada vez piensas un poco menos en cómo se veían las cosas y me doy cuenta que en verdad siempre estamos queriendo ver todo como fue, o como creímos que era, pero no como son realmente las cosas.
Carlos, con esa fuerza tremenda por seguir adelante, por hacer mejor su vida y con ello mejorar tantas otras vidas que, con visión o sin ella, se ven impactadas, tocadas por esa energía luminosa que transmite. Carlos viviendo el día a día como esa oportunidad de hacer nuevas y mejores cosas, de ser mejor, de pedalear más lejos, me hace entender a cabalidad su credo: « Creer para ver. No limits». Porque, después de todo, la fe también puede definirse como la creencia que no está sustentada en pruebas, además de la seguridad, producto en algún grado de una promesa. Como la de lograr tus sueños, por ejemplo, si crees en ti mismo.

Y tú, ¿en qué crees?

 

 

 

Texto de Nestor Luis Bermúdez.

Fotos cortesía de Luis Hung.

 

 

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