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Pedro Vera

Pedro Vera: Vencedor de Corazón.

#HistoriasQueInspiran

 

No parece posible que ésta mujer, del pueblo murciano de Águilas, en España, tuviese conocimiento, allá por 1978, sobre lo que un par de años, o un quinquenio, acaso, antes, Richard Bandler y John Grinder habían estado llamando PNL, o Programación Neurolinguística. Digo que no creo que esta señora, Teresa Jiménez, tuviese idea alguna de que éstos señores estuvieran por allá en California, Estados Unidos, formulando postulados que aseguraban que con las técnicas de la PNL podían tratarse efectivamente fobias, depresión, enfermedades psicosomáticas, miopía, alergias, trastornos del aprendizaje y hasta el resfriado. Ella, que tenía a estos hijos morochos de los cuales a uno, Pedro, le habían detectado «un soplo en el corazón».

 

Quizá fue Teresa quien inventó la PNL, tomando a su pequeño Pedro y repitiéndole miles de veces «estás bien, eres un niño sano, tú puedes aguantar esto, tú puedes vencerlo». Quizá cuando la familia se fue de Águilas, España, a Venezuela y al pequeño le diagnosticaron el síndrome de Wolff-Parkinson-White (WPW), y que Pedro pertenecía a un grupo diminuto, de entre 0,1 al 0,3% de la población, ya ella había estado sembrando en él algo que luego se haría inamovible de su ser: una voluntad y un optimismo dignos del más grande de los tercos.

 

Pedro VeraPedro Vera tiene ahora 38 años y asegura que «Ya tengo 20 de ñapa, porque los médicos decían que viviría 18», y cuenta sin inmutarse, como el que cuenta la cosa más normal que «A mi madre le dijeron que yo no llegaba a los 18 años de edad, que lo más probable era que antes de esa edad me pudiera dar una muerte súbita». La muerte súbita es el más alto riesgo del síndrome de WPW.

 

Pero además de las palabras programadoras de la señora Teresa, Pedro fue un niño muy inquieto y «[…] gracias a los ejercicios aeróbicos, a las actividades deportivas que he hecho desde muy pequeño, eso hizo que mi corazón se fortaleciera lo suficiente como para aguantar taquicardias de hasta 270 por minuto». Pedro creció, pasó los 18, y en esa obcecación, en esa voluntad marmólea, se fue a España y presentó tres veces la prueba para pertenecer a la Guardia Real Española. Antes, claro, había intentado prestar servicio militar en Venezuela, y pertenecer a la Marina Española, lo rechazaron por su «condición». Finalmente logró burlar al destino, y fue contratado por la Guardia Real. Allí Pedro estuvo, por ejemplo, en la boda de Don Felipe, actual rey de España. Allí mismo comenzó su lucha contra el sobrepeso; cuenta cómo llegó a pesar más de cien kilos. Y fue durante sus cuatro años como Guardia Real, que le operaron dos veces del corazón, intentando corregir su deficiencia, se casó e intentó, luego de la primera operación a la que se sometió, completar el milenario «Camino de Santiago», abdicando 400 kilómetros después de haber comenzado, en Puente la Reina, donde no pudo ya soportar la taquicardia y el malestar.

 

¿Ya mencioné que Pedro tiene una voluntad y una fe increíbles? Luego de una segunda operación del corazón, y una vez que acabó su contrato con la Guardia Real y que éstos decidieran no renovarle pues no confiaban del todo en que hubiera quedado bien, Pedro quiso retarse, probarse: «a ver cómo había quedado de la operación», dice.

 

Así que allí estaba, en Saint Jean Pied-de-Port, en los Pirineos franceses, dispuesto a recorrer los 820 kilómetros que lo separaban de la Catedral de Santiago de Compostela, el lugar donde yacen, se cuenta, los restos de Santiago El Mayor: sí, el apóstol, uno de los doce de Cristo, y razón por la cual peregrinos de todo el mundo tengan mil años haciendo el «Camino de Santiago». Todo viaje comienza con un paso, dicen. Para Pedro Vera no. Para él comienza cuando decide hacer el viaje. Así que allí estaba, no para comenzar su viaje, sino para continuarlo. Un viaje hacia sí mismo. «El primer día, por ejemplo, atravesando los Pirineos, agarré piedras porque habían lobos por la zona. Tuve miedo» dice, y parece que no mencionó nunca la palabra miedo. Yo lo veo a través del monitor, él en su casa en Valencia, yo en Ciudad Guayana, y les juro que el hombre habla y ni se inmuta. Esas palabras de su madre, pienso, en verdad lo programaron sólo para vencer, sólo para seguir adelante, siempre adelante.

 

Diecisiete días le tomó a Pedro ver con sus ojos la imponente Catedral de Santiago. Pero en el camino «[..] fui descubriendo que no había límites, nunca había hecho una distancia tan larga yo sólo. Y bueno, poquito a poco fui viendo que cada paso que daba, a pesar que me cansaba físicamente, de alguna u otra manera me alimentaba el espíritu: iba viendo que los paisajes, todo lo que estaba a mi alrededor me gustaba mucho, entonces iba fluyendo con eso. Luego sin darme cuenta en 17 días había hecho 820 kilómetros». Es imposible no impresionarse, más cuando te cuenta cómo «Algunos días salía a caminar a las 5 de la mañana y paraba a las 11 de la noche. Me acostaba a dormir porque ya no había visibilidad o iba a entrar a una parte boscosa», no dormía mucho, ni bien, sin embargo, en su inmutabilidad de obcecado vencedor se ve una luz distinta cuando cuenta la llegada: «Fue bien emocionante cuando pasé lo que llaman ellos el pórtico de los perdones, recordando a la familia y muy contento por todo». Se nota que allí algo cambió en Pedro, en ese camino, a los veintiocho años de edad.

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Su esposa le anima, le habla de «El cruce Columbia», que vio por TV. Es un ultramaratón de 105 kilómetros entre Chile y Argentina por la Patagonia. Averiguó y necesitaba un compañero: es una carrera en equipo. Llamó a su amigo desde los Scouts, Leonardo Celli y «quedamos en el lugar 40, de 900 equipos, la primera vez que hicimos el Cruce Columbia en el 2012», luego lo repitieron en 2013 y 2014. Desde entonces no ha parado, a pesar de las dificultades, que no sólo son las físicas, de su propia dolencia, sino las más duras para él: las económicas. «Para mí lo más difícil no es la carrera sino llegar a ella», cuenta. Así es como «Cuando corrí en Bolivia [este 2016] me tocó vender 2700 calcomanías para completar el dinero del viaje. He hecho campañas de go-fundme para poder viajar». O cuenta cómo incluso «En Vietnam, Tommy Chen, de Taiwán, me pagó uno de los pasajes de avión. Una italiana, Ita Marzotto, me pagó la inscripción de la carrera. Una de las aerolíneas me pagó una multa por un vuelo que se retrasó» o «En el Ultra-Noruega, [donde] corredores de Bélgica, Francia y Alemania me pagaron el pasaje de avión. El organizador de la carrera me dejó pagar la inscripción directamente en el sitio» Mucha gente, cuenta, le ha ayudado. Entre eso, y la decisión irreversible de participar en una carrera, le han permitido completar cada uno de los ultramaratones que se ha propuesto. Siendo, además, el número uno del ranking mundial.
Le dicen el Iron Man venezolano. Y al conocerlo uno puede entender por qué. Pero en realidad tiene menos que ver con su físico, y más con su mente, con su corazón, me atrevería a decir. «Me alimento la fe, el optimismo, de las cosas sencillas, como los niños pequeños: de cualquier sensación. Saber que nacemos y morimos desnudos y lo que nos queda son las experiencias, todas las sensaciones de lo que vivimos», dice, y cuenta cómo «en la última carrera, en Bolivia, iba vomitando mucho porque me dediqué a vender calcomanías para recolectar el dinero del viaje, y no tanto a entrenar. En esos momentos paraba, respiraba, veía el paisaje y reflexionaba: bueno, esto es un sitio mágico donde estoy, ya probablemente no vuelva a estar por aquí. Entonces pensaba en mi familia, y me imaginaba que me iban empujando por detrás 30 millones de personas, y seguía» Y siguió. Pedro ganó esa carrera, y el premio lo donará a la fundación Martins, de Valencia, que trata a personas con problemas neuro-musculares.

 

A la señora Teresa habría que reconocerle la invención, ella solita, de algo como la PNL, pero más valioso: el corazón del vencedor.

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Un corazón hambriento de más éxitos: «Tengo el proyecto de romper el record Guiness de ser la persona en hacer más ultramaratones en un año: debo hacer 41». A mi no me gustan los juegos de azar, pero a Pedro le apuesto todas las fichas. Para finalizar me dice que «Yo no soy [un deportista] élite, ni nada; yo soy es un apasionado del deporte». Pedro, tu eres un ultra-apasionado, ¡pero a la vida!

 

Y tú, ¿ya le pusiste todo el corazón a tu pasión?

 

 

 

Texto: Nestor Luis Bermúdez

Fotos: Cortesía de Pedro Vera.

 

 

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